A un viejo entrañable

Algunos días le veo cruzar
los soportales de la Plaza Mayor,
con lo que saca de la limosna que das
compra la lotería, que frota un chepa en el bar.

Va al mercado de San Miguel
levantando carteras y demás,
le mete mano a una buena mujer
y en la tasca el orujo para privar

Con su sombrero y sus botas de piel
buscando leña que avive su vejez,
coge el bastón como si fuera un fusil,
apunta al cielo y dice
“si hubiera un dios, debiera morir”.

Ya en la parroquia de Santa Cruz
escupe al suelo llegando al altar.
Los feligreses se enfadan con él,
él se ríe a destajo, ya no puede parar.

Luego va a la calle de la cruz,
para ver a las puntitas pasar,
le echa un piropo a la niña de azul
abre su gabardina, saca el monstruo a pasear.

Con su sombrero y sus botas de piel
buscando leña que avive su vejez,
coge el bastón como si fuera un fusil,
apunta al cielo y dice
“si hubiera un dios, debiera morir”.

Algunos días le veo cruzar
los soportales de la Plaza Mayor,
me guiña un ojo, ríe al pasar,
y no puedo jurar que algún día ése no sea yo.